viernes, 13 de febrero de 2026

 

Desde Otro Ángulo
Paciencia democrática en la era del “tap”
Por José Rafael Moya Saavedra

Nota: Reflexión inspirada en la lectura del texto The Age of Convenience, de Antonio García Cancino.

Fui por pan.

Tres mostradores. Tres pagos. Doce segundos… Doce segundos de llaves atoradas frente al coche.

Nada grave. Nada indignante. Solo fricción.

Pensé después que esa pequeña incomodidad es un síntoma mayor. No de crisis, de expectativa.

Vivimos en la era del “tap”. Todo responde al toque: la música, el transporte, la comida, la conversación, incluso la indignación. Si algo no se alinea con nuestro ritmo, sentimos que está mal diseñado.

Lo curioso es que esa lógica ha migrado a la política.

Hoy queremos políticas públicas que funcionen como aplicaciones: inmediatas, intuitivas, sin curva de aprendizaje. Queremos resultados rápidos, sin transición, sin costos visibles, sin tiempos de ajuste. Si una reforma no produce efectos en semanas, es un fracaso. Si una estrategia de seguridad no reduce cifras de inmediato, es inútil. Si una decisión económica incomoda, es inaceptable.

No estoy defendiendo la ineficiencia. Los gobiernos deben diseñar mejor, ejecutar mejor, rendir cuentas mejor. Pero algo más está ocurriendo: hemos convertido la conveniencia en criterio de legitimidad.

La política, por definición, es fricción. Es negociación, conflicto de intereses, es transición gradual, es choque de prioridades. No es un sistema optimizado para la comodidad individual; es un proceso imperfecto de convivencia colectiva.

Cuando confundimos eficiencia con virtud y rapidez con justicia, empezamos a perder tolerancia al ritmo democrático.

La democracia es lenta. La institucionalidad es torpe a veces. Los consensos son incómodos. Y, sin embargo, esa lentitud no siempre es defecto; muchas veces es el precio de no concentrar el poder.

En la era de la conveniencia, la espera parece una falla. Pero en política, la espera puede ser deliberación. El procedimiento puede parecer obstáculo, pero también es garantía.

Lo preocupante no es que exijamos mejores sistemas. Eso es sano. Lo preocupante es que, acostumbrados a la fluidez tecnológica, comencemos a percibir cualquier fricción política como una injusticia personal.

Ahí es donde el terreno se vuelve delicado.

Porque cuando la ciudadanía pierde tolerancia a la complejidad, la tentación del atajo se vuelve atractiva. Y el atajo, en política, casi siempre concentra poder.

Doce segundos frente a la puerta del coche no significan nada. Pero el suspiro que provocan sí dice algo.

Tal vez no estamos perdiendo paciencia.
Tal vez estamos perdiendo músculo democrático.

Y eso, a diferencia del pan, no se resuelve en tres mostradores.

 

miércoles, 11 de febrero de 2026

 

Desde Otro Ángulo

Ni venganza ni perdón

Por Jose Rafael Moya Saavedra

Hay libros que se leen por interés.
Otros, por obligación.
Y algunos llegan como regalo… pero se sienten como espejo.

Ni venganza ni perdón no es solo el relato de una amistad atravesada por el poder. Es, en el fondo, una pregunta incómoda: ¿qué le pasa a la lealtad cuando se sienta a la mesa del gobierno?

Quienes hemos caminado entre redacciones, campañas, asesorías y pasillos donde las decisiones pesan más que las palabras, sabemos que el poder no es una oficina: es una atmósfera. Y esa atmósfera modifica todo. Modifica la conversación. Modifica el silencio. Modifica incluso la memoria.

El libro me hizo pensar en algo que rara vez se dice en voz alta: la amistad y el poder no hablan el mismo idioma.

La amistad se sostiene en la confianza.
El poder se sostiene en la estrategia.

La amistad escucha.
El poder calcula.

Y cuando ambos coinciden en el mismo espacio, alguien tiene que ceder. O el afecto se vuelve prudencia, o la prudencia se vuelve distancia.

Hay también otra capa que me dejó pensando. La polarización. Ese clima donde no se discuten ideas, sino identidades. Donde no se cuestionan decisiones, sino lealtades. Y ahí el periodismo —ese viejo oficio al que le hemos apostado la vida— queda en medio, intentando no ser arrastrado por la marea.

Leer estas páginas es asomarse a la intimidad de una relación que atravesó décadas, rupturas, reconciliaciones y silencios. Pero más allá de los nombres propios, lo que queda es la fragilidad de cualquier vínculo cuando se expone al fuego del poder.

Ni venganza.
Ni perdón.

Tal vez porque el poder no se mueve en esos términos.
El poder no pide perdón.
Y rara vez admite venganza; la llama estrategia.

Al cerrar el libro pensé en algo más personal: en los momentos en que uno también ha tenido que elegir entre la cercanía y la coherencia. Entre el afecto y la postura. Entre la amistad y la conciencia.

No hay respuestas cómodas.

sábado, 7 de febrero de 2026

 

Despacho con cinco ángeles

Por Jose Rafael Moya Saavedra 

Mi despacho huele a humo antiguo,
a café que se pasó de la raya
y a perros que creen que acompañar
también es una forma de cuidar.

Aquí no se escribe en limpio.
Aquí se piensa despacio,
con lo que queda.

Cinco ángeles perrunos custodian el silencio.
Yo hago lo que puedo con las palabras.


El primer ángel no hace nada especial.
Llega y se queda.

Se acomoda cerca,
elige un rincón
y decide que ese será su lugar por la noche.

No pide atención.
No exige caricias.
Está.

Cuando empiezo a escribir,
ya estaba ahí.
Cuando me detengo,
sigue ahí.

No cuida el trabajo.
Cuida el inicio.

Porque antes de cualquier palabra,
alguien tiene que quedarse.

 

 El segundo ángel no interrumpe.

Se echa cerca,
como quien entiende que pensar también cansa.

Duerme mientras dudo,
respira mientras corrijo,
permanece cuando la noche se alarga más de la cuenta.

No cuida palabras.
Cuida el pulso.

Y cuando levanto la vista,
sigue ahí.
Como recordándome que no todo se resuelve hoy.


El tercer ángel no se acuesta.
Se sienta.
Mira la puerta como si algo pudiera pasar en cualquier momento.

No entiende de plazos ni de pendientes,
pero reconoce el cansancio antes que yo.

Levanta las orejas cuando el silencio pesa,
y baja la guardia cuando sigo escribiendo.

No vigila el afuera.
Me vigila a mí.

Para que no me vaya
cuando todavía no termino.


El cuarto ángel no sabe estarse quieto.
Camina, vuelve, suspira,
pone el hocico donde no debe
y el cuerpo justo donde estorba.

Interrumpe cuando me pierdo demasiado.
Exige una pausa
cuando la cabeza ya va por delante del cuerpo.

No entiende de concentración,
pero entiende de límites.

Me obliga a levantarme,
a servir otro café —con menos fuego—,
a recordar que escribir también necesita respirar.

No viene a distraer.
Viene a rescatarme del exceso.


El quinto ángel ya no corre.

Se acomoda con cuidado,
como quien conoce el peso de las horas
y no necesita demostrarlas.

No pide nada.
Agradece estar.

Ha visto madrugadas mejores y peores,
textos que salieron
y otros que se quedaron en intento.

Cuando bosteza,
me avisa que es suficiente por hoy.
Que mañana también existe.

No vigila.
No interrumpe.
Acompaña hasta el final.


Epílogo · Los cinco

No llegaron juntos
ni cumplen la misma tarea.

Uno duerme,
otro vigila,
otro interrumpe,
otro sostiene
y uno —el más viejo— sabe cuándo basta.

No escriben.
No corrigen.
No opinan.

Acompañan.

Y en un despacho que huele a humo viejo,
café que se pasó
y vida compartida,
eso es suficiente.