miércoles, 11 de febrero de 2026

 

Desde Otro Ángulo

Ni venganza ni perdón

Por Jose Rafael Moya Saavedra

Hay libros que se leen por interés.
Otros, por obligación.
Y algunos llegan como regalo… pero se sienten como espejo.

Ni venganza ni perdón no es solo el relato de una amistad atravesada por el poder. Es, en el fondo, una pregunta incómoda: ¿qué le pasa a la lealtad cuando se sienta a la mesa del gobierno?

Quienes hemos caminado entre redacciones, campañas, asesorías y pasillos donde las decisiones pesan más que las palabras, sabemos que el poder no es una oficina: es una atmósfera. Y esa atmósfera modifica todo. Modifica la conversación. Modifica el silencio. Modifica incluso la memoria.

El libro me hizo pensar en algo que rara vez se dice en voz alta: la amistad y el poder no hablan el mismo idioma.

La amistad se sostiene en la confianza.
El poder se sostiene en la estrategia.

La amistad escucha.
El poder calcula.

Y cuando ambos coinciden en el mismo espacio, alguien tiene que ceder. O el afecto se vuelve prudencia, o la prudencia se vuelve distancia.

Hay también otra capa que me dejó pensando. La polarización. Ese clima donde no se discuten ideas, sino identidades. Donde no se cuestionan decisiones, sino lealtades. Y ahí el periodismo —ese viejo oficio al que le hemos apostado la vida— queda en medio, intentando no ser arrastrado por la marea.

Leer estas páginas es asomarse a la intimidad de una relación que atravesó décadas, rupturas, reconciliaciones y silencios. Pero más allá de los nombres propios, lo que queda es la fragilidad de cualquier vínculo cuando se expone al fuego del poder.

Ni venganza.
Ni perdón.

Tal vez porque el poder no se mueve en esos términos.
El poder no pide perdón.
Y rara vez admite venganza; la llama estrategia.

Al cerrar el libro pensé en algo más personal: en los momentos en que uno también ha tenido que elegir entre la cercanía y la coherencia. Entre el afecto y la postura. Entre la amistad y la conciencia.

No hay respuestas cómodas.

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