sábado, 7 de febrero de 2026

 

Despacho con cinco ángeles

Por Jose Rafael Moya Saavedra 

Mi despacho huele a humo antiguo,
a café que se pasó de la raya
y a perros que creen que acompañar
también es una forma de cuidar.

Aquí no se escribe en limpio.
Aquí se piensa despacio,
con lo que queda.

Cinco ángeles perrunos custodian el silencio.
Yo hago lo que puedo con las palabras.


El primer ángel no hace nada especial.
Llega y se queda.

Se acomoda cerca,
elige un rincón
y decide que ese será su lugar por la noche.

No pide atención.
No exige caricias.
Está.

Cuando empiezo a escribir,
ya estaba ahí.
Cuando me detengo,
sigue ahí.

No cuida el trabajo.
Cuida el inicio.

Porque antes de cualquier palabra,
alguien tiene que quedarse.

 

 El segundo ángel no interrumpe.

Se echa cerca,
como quien entiende que pensar también cansa.

Duerme mientras dudo,
respira mientras corrijo,
permanece cuando la noche se alarga más de la cuenta.

No cuida palabras.
Cuida el pulso.

Y cuando levanto la vista,
sigue ahí.
Como recordándome que no todo se resuelve hoy.


El tercer ángel no se acuesta.
Se sienta.
Mira la puerta como si algo pudiera pasar en cualquier momento.

No entiende de plazos ni de pendientes,
pero reconoce el cansancio antes que yo.

Levanta las orejas cuando el silencio pesa,
y baja la guardia cuando sigo escribiendo.

No vigila el afuera.
Me vigila a mí.

Para que no me vaya
cuando todavía no termino.


El cuarto ángel no sabe estarse quieto.
Camina, vuelve, suspira,
pone el hocico donde no debe
y el cuerpo justo donde estorba.

Interrumpe cuando me pierdo demasiado.
Exige una pausa
cuando la cabeza ya va por delante del cuerpo.

No entiende de concentración,
pero entiende de límites.

Me obliga a levantarme,
a servir otro café —con menos fuego—,
a recordar que escribir también necesita respirar.

No viene a distraer.
Viene a rescatarme del exceso.


El quinto ángel ya no corre.

Se acomoda con cuidado,
como quien conoce el peso de las horas
y no necesita demostrarlas.

No pide nada.
Agradece estar.

Ha visto madrugadas mejores y peores,
textos que salieron
y otros que se quedaron en intento.

Cuando bosteza,
me avisa que es suficiente por hoy.
Que mañana también existe.

No vigila.
No interrumpe.
Acompaña hasta el final.


Epílogo · Los cinco

No llegaron juntos
ni cumplen la misma tarea.

Uno duerme,
otro vigila,
otro interrumpe,
otro sostiene
y uno —el más viejo— sabe cuándo basta.

No escriben.
No corrigen.
No opinan.

Acompañan.

Y en un despacho que huele a humo viejo,
café que se pasó
y vida compartida,
eso es suficiente.

 

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